Fundadora de la comunidad
Anastasiia Tij, fundadora de «Vibe Sur de Francia»
Anastasiia Tij, también conocida como Anastasiia Korshunova, fundó «Vibe Sur de Francia», la comunidad rusohablante del sur de Francia, que nació en mayo de 2025 de unas simples ganas de barbacoa. Vive en Montpellier y Toulouse. Para la primera salida esperaba a 10-15 amigas: vinieron 80 personas con niños.

A partir de aquí, Anastasiia lo cuenta ella misma.
Un poco sobre mí
Soy de Yaroslavl, de una ciudad de provincias pequeñita, como yo la llamo. Allí al tarro de tres litros le dicen «баллон» («balón») y a la fregona, «лентяйка» («la perezosa»): así se habla en Yaroslavl. Y que conste que la ciudad es guapa y tiene pedigrí: allí nació el primer teatro profesional ruso, el Vólkov, y allí se alza Yaroslav el Sabio, el mismo que nos miraba desde el billete de mil rublos.
Estudié como todo el mundo. Un colegio normal, luego una escuela técnica donde me enseñaron informática y después la universidad, una de finanzas y economía, ya a distancia: para entonces yo ya trabajaba.
Lo que me enseñó el trabajo
Empecé a trabajar con dieciocho años, en una empresa grande que hacía kits de manualidades para niños. Y aquí me permito una reverencia a mi primer jefe: me dio una oportunidad y me enseñó que se puede crecer deprisa.
Arranqué por la otra punta del mapa: Chukotka. Las primeras cajas de kits volaron hasta allí en avión y luego en helicóptero, y cómo conseguí cerrar aquel contrato todavía no lo sé. Pero salió: en el fin del mundo, unos niños recibieron sus kits. Con veinte años ya trabajaba con las primeras cadenas nacionales, y la distancia de Chukotka a Moscú había dejado de darme miedo.
Después vino otra gran empresa. Entré como asistente de dirección y salí como gestora principal de cuentas de las cadenas, key account manager, como dicen en Occidente. Más de diez años: cadenas nacionales desde la parte europea del país hasta el Extremo Oriente, pedidos de patrocinadores de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi 2014 y casi todos los grandes proyectos de la empresa.
En la práctica, eso quería decir lo siguiente. Una vez al año, sentarme a la mesa con los compradores y pactar las condiciones de todo el año siguiente: bonificaciones, marketing, cómo y cuándo íbamos a entregar. Inventar colecciones a la medida de cada cadena y escribir las especificaciones técnicas para la fábrica. Guardar una reserva de mercancía para cada cliente y calcular los envíos para que en el pico de temporada no se quedara vacía la estantería. Vigilar los cobros pendientes. Enseñar a mis operadores y asistentes que cada cadena tiene sus manías con los papeles y los plazos. Y viajar a las ferias a enseñar las novedades.
Mirando atrás, lo veo claro: la vida me iba haciendo la maleta para emigrar. Negociar, calcular, juntar a la gente, no asustarme de las distancias: todo eso lo saqué luego de esa maleta, en un país cuyo idioma no conocía.

Cómo acabé en Francia
A Francia me trajeron circunstancias familiares. No pensaba quedarme, y me quedé. Luego vino lo que le toca a todo el mundo: papeles, espera, más papeles. Francia no le abre la puerta a nadie a la primera llamada, y a mí tampoco me la abrió: la espera se alargó tres años y medio.
De francés no sabía nada, pero nada de nada. En el sur, al bajarte del autobús, te despides del conductor con un «au revoir». Solo que los franceses se tragan la mitad de los sonidos, y mi oído pescaba un simple «uvá». Así que eso decía: me bajaba y me despedía con un «¡uvá!». Los conductores se reían a carcajadas y yo no entendía qué pasaba.
Luego la universidad Paul-Valéry me admitió en sus cursos de francés, y empecé por el A1, por el abecedario. Cinco semestres. Esos años no los perdí: aprendí el idioma, pasé año y medio de voluntaria en un reparto benéfico de alimentos (recibía, ordenaba, repartía) y esperé.
Cómo funcionan en general el visado y el permiso de residencia lo explicamos en la sección «Mudarse a Francia»: ahí están las reglas generales, no la historia personal de nadie.

Cómo nació «Vibe Sur de Francia»
Y para no hundirme del todo en la depresión, mientras tanto empecé a organizar quedadas para gente como yo. Emigrar te obliga a rehacerte entera, de arriba abajo, y más sin el idioma: piensas como una adulta y te salen frases de niña sobre el buen tiempo. Por eso entiendo a cada persona que ahora está en ese camino: fácil no es nunca, por mucho que te allanes el terreno y te pongas colchones para la caída.
Mi primer proyecto fue un camping. Era mayo y teníamos unas ganas enormes de barbacoa. Quien vive en el sur lo sabe: aquí no puedes encender fuego donde te apetezca, hace falta un sitio donde esté permitido. Pensé: nos juntamos las amigas, alquilamos una casita en un camping y hacemos la barbacoa. Calculaba unas diez o quince personas. Vinieron ochenta, con niños.
Así me metí de lleno en nuestra comunidad. Al principio era el chat de los que habían ido a aquel camping, unas sesenta personas. Hoy en el chat de los rusohablantes del sur de Francia somos más de 700, y de ahí salen picnics, Máslenitsas, karaokes, conciertos y fiestas: todo lo que ya ha pasado está en la agenda de eventos.

Para qué todo esto
Si soy sincera, al principio, para no ahogarme yo. Luego entendí que el objetivo había sido más amplio desde el primer día: ayudar a la gente a echar raíces en la vida francesa, a no estancarse y a recorrer este camino con menos esfuerzo que yo. Un árbol trasplantado primero echa raíces y solo después ramas. Con las personas pasa igual: cuanto antes tengan aquí tierra firme bajo los pies, antes empezarán a crecer.
En 1943, en Londres, la filósofa francesa Simone Weil escribía el libro «Echar raíces», y en él hay una frase: «El arraigo es quizá la necesidad más importante e ignorada del alma humana». Mejor no se puede decir.
Llevo la comunidad y, más que nada, quiero una cosa: que la gente se una y se eche una mano. Que aprenda a verse de verdad: a hablar, a escuchar, a arrimar el hombro donde cada uno pueda. Y que cada uno, por su cuenta, descubra sus talentos y los ponga a trabajar sin guardarse nada. Que en cualquier país y en cualquier ciudad sigan siendo quienes eran en casa, o incluso lleguen más alto. Emigrar abre muchísimas puertas. Sí, al principio cuesta. Pero las fuerzas aparecen, y sigues adelante.
Cómo vivimos ahora
Ya no estoy sola: a mi alrededor hay todo un equipo de gente que mira en la misma dirección y quiere poner de su parte. Hasta quien viene una sola vez se va con amigos. Salen parejas, la conversación no se acaba cuando termina la quedada, y las familias empiezan a quedar entre familias.
La gente llega buscando cosas distintas: a uno hay que darle una pista con dudas sobre papeles y leyes, otro busca trabajo, otro piso, y a otros simplemente les hace falta compañía o apoyo. Y la comunidad es el sitio donde la gente se encuentra: uno tiene la pregunta, otro la respuesta, y de otro modo nunca se habrían cruzado. Ayuda mutua, apoyo, comprensión: ahí está, se puede decir, todo nuestro lema.
Además, hacemos escapadas en las que nos alojamos en una villa: así fue, por ejemplo, la «Mafia» de dos ciudades y la velada Gatsby de agosto de 2026. Si quieres montar tu propio evento o quedarte en la villa con nosotros, escribe al chat de la comunidad o al correo del proyecto, contact@vibe-sud-france.com, y lo hablamos. Cómo suele funcionar lo contamos en la página Organicemos juntos.

Nuestras normas
No hablamos ni de política, ni de religión, ni de la vida privada de nadie: para nosotros es tabú. Esos mensajes se borran del chat y en las quedadas esos temas no salen. En lugar de discutir, nos enseñamos unos a otros a volver a hacer amigos, a volver a escuchar, a volver a vivir y a volver a confiar los unos en los otros.
Cómo veo nuestro futuro
Quiero que la comunidad rusohablante del sur crezca y que quienes han llegado hace poco se pongan en pie. El Año Nuevo juntos, la Máslenitsa juntos, las salidas al mar juntos. Que los niños sean amigos y la nueva generación crezca en paz. Que surjan lazos entre gente de círculos distintos: de trabajo, sociales, los que sean. Cuantos más seamos y más variados, más ricos seremos nosotros mismos.
Suena bonito, pero detrás hay ciencia. Mark Granovetter, en «La fuerza de los lazos débiles» (1973), estudió cómo habían encontrado un trabajo nuevo profesionales de un barrio de las afueras de Boston: de quienes lo consiguieron gracias a un conocido, cinco de cada seis veían a ese conocido solo de vez en cuando. No son los amigos íntimos, sino los lazos débiles, los que te llevan a otros círculos, donde está lo que en el tuyo falta. Y Lu Hong y Scott Page demostraron en 2004 con un modelo matemático que, en ciertas condiciones, un grupo de solucionadores diversos reunido al azar resuelve un problema complejo mejor que un grupo de los más capaces: los más capaces se parecen demasiado entre sí. Así que las sesenta personas de nuestro primer chat eran más ricas de lo que creían, y los 700+ de ahora, todavía más.
Una noche del 8 de marzo les decía a las chicas: una mujer que emigra, sea cual sea el motivo por el que se fue, cambia un poco y empieza a ver el mundo de otra manera. Y los hombres también. Emigrar es como si durante un tiempo te pusiera más abajo de donde estabas. Pero si te quedan fuerzas y tienes cerca una mano, no para rescatarte, solo una mano amiga, te levantas pronto y llegas más alto que antes. Hace más de un siglo, en 1920, Marina Tsvetáieva terminó así el poema «Кто создан из камня, кто создан из глины…» («Quién está hecho de piedra, quién de barro…»):
Дробясь о гранитные ваши колена, Я с каждой волной — воскресаю! Да здравствует пена — весёлая пена — Высокая пена морская!
Más o menos, en español: rompiéndose contra el granito, la poeta resucita con cada ola, como la espuma alegre del mar.
No diría que mi historia sea corriente, pero tampoco es la más dura. Conozco muchísimas historias de emigración, algunas te parten el corazón, y casi de cada uno de nosotros se podría escribir un libro o hasta rodar una película. Pero nuestra comunidad mira hacia delante, hacia donde crecemos juntos. Así que únete a nuestro chat de rusohablantes del sur de Francia.
Por qué una comunidad del sur de Francia
Esto ya son palabras de todo el equipo. Da igual tu nacionalidad o tu situación: aquí la gente encuentra personas afines y respuestas a sus preguntas. Todo emigrante recorre un camino parecido y tropieza con piedras parecidas. Nosotros esas piedras las recordamos y ayudamos a otros a pasar con menos golpes.
¿Y por qué el sur? Porque, por nuestra experiencia, mudarse aquí cuesta más: hay mucha burocracia, nuestra gente está repartida por distintas ciudades y el trabajo no te cae del cielo.
Cómo funciona el proyecto y quién hace este sitio lo contamos en la página «Sobre el proyecto «Vibe Sur de Francia»». Si quieres escribirle a Anastasiia, usa el correo del proyecto: contact@vibe-sud-france.com.